¿Cómo debe ser un buen examen?

Vale que toca volver al cole y que, por extensión, eso significa volver a los exámenes. También es cierto que, nos guste más o menos, hay que aceptar los criterios de calificación de cada profesor. Pero el YES es libre, así que se ha propuesto cumplir el sueño de muchos alumnos: examinar al examinador. En definitiva, cuestionar si el examen que te ponen delante está bien hecho. ¿A que empieza a interesarte?

Los males empiezan con las preguntas mal planteadas. Sí, sí, esas en las que te dan a alegir y en las que podrían ser válidas varias respuestas. «¿Por qué trata de confundir el profesor? Es como esos modelos tipo test en los que te dicen que elijas entre a, b, a y b, ni a y b... Muchas veces piensan que el examen es para los adultos, pero es para los chavales». El que opina es José Manuel Suárez Sandomingo, presidente de la Asociación de Pedagogos de Galicia, que tiene muy claro el primer mandamiento: «El enunciado ha de ser claro, igual que lo que entra en el examen». Y Suárez define el buen examen: «Es aquel que mide lo que el profesor espera que los alumnos sepan de lo que él ha dado». Ni más ni menos. Sin trampas, sin preguntas sorpresa.

Parece obvio, pero el experto defiende que no lo es tanto. «Muchos profesores dan materia por dada, cuando solo hay que preguntar por lo que se ha dado en clase», asegura. Hay, a su modo de ver, cuatro reglas básicas para hacer un buen examen: «Primero, que el profesor acote la materia que tiene que estudiar el alumno y lo que tiene que responder; segundo, que les haya dado a los niños aquellos ejercicios que puedan practicar y que puedan caer; tercero, que se adapte al grupo, no al individuo, fijándose en el grupo del medio, ni en los peores ni en los mejores de la clase; cuarto, que haya aportaciones personales, no tanta chapatoria».

Ya que lo tiene tan claro, vamos a lo concreto. ¿Cuánto tiene que durar un examen? «Entre media hora y tres cuartos. Si es largo, una hora». ¿Frecuencia? «Se estresan si les torpedeamos con éxamenes y controles. Deberían tener períodos de diez días sin ninguno». ¿Controles? «No deberían tener el cariz de exámenes, sino de lo que son: controles para que el profesor sepa cómo va el alumno y que no cuenten tanto numéricamente».

ENUNCIADOS CLAROS

¿Más teoría, más práctica o a partes iguales? «Más práctica siempre. Hay que hacer las cosas por ti mismo, no limitarte a verlas en el encerado. Este sistema es muy memorístico, saberse de memoria todos los ríos de España no tiene sentido». ¿Enunciados? «Muy claros, que la respuesta esté en la pregunta». ¿Y la calificación? «Sobre todo en determinados cursos, nunca hay que quitar más de lo que se da. Es como eso de: ‘Si no pone acentos, le quito 0,10’. Tú suma lo que tiene, no empieces quitando». ¿De tú o de usted? «Siempre tú. Pero si nos vemos todos los días... La autoridad no la define un tú ni un usted. Nuestra cultura es de proximidad», zanja. ¿Y el planteamiento? «Si todo el desarrollo de un problema de matemáticas está bien, pero se equivocan en una operación, no hay que tacharlo todo. Yo creo que la escuela debería de serlo para la vida. Y tú en la vida utilizas la calculadora. Lo que importa es que sepas cuál es el proceso», sentencia. ¿Y si suspenden muchos? Mal para el profesor: «El profesor tiene que ver que sus preguntas las pueda resolver el 80 % de la clase, y que el otro 20 % tenga la oportunidad de sacar nota, dejando entre 10 y 15 minutos para que puedan repasar su examen». Llegamos a los tachones. ¿Deberían restar en la nota? «No, eso va en la personalidad del niño. ¿Qué estamos evaluando, lo que sabe el niño o cómo escribe?», sentencia.

SOLO LO QUE SE DA EN CLASE

Pero para gustos, colores, y hasta en esto los expertos pueden no estar de acuerdo. La psicopedagoga Ana Pravia dice que tener controles con frecuencia no es malo. «Depende de cómo lo plantees, no tienen por qué tener esa presión de que es un examen, y eso también está en manos del colegio», asegura. Como Suárez, opina que un examen tiene que partir siempre de lo que se ha dado en clase con criterios de evaluación muy claros y objetivos. Sin embargo, no es tan partidaria de los exámenes razonados, porque mantiene que no pueden ser tan objetivos. «Es más difícil plantearlos, y habría que trabajar el razonamiento con los alumnos antes. Si te pregunto las provincias te las sabes o no te las sabes, pero otras cosas son más subjetivas», reconoce. Coincide con el presidente de Apega en que ambos censuran el sistema de calificación numérico para los niños de Primaria. «La mejor etapa para mí es la de Progresa Adecuadamente o No Mejora. Las notas numéricas lo único que hacen es meterles en una competición que no les aporta nada. Y esa es una etapa en la que puedes permitirte ser relajado. En la ESO ya hay más exigencia y tienen más sentido las notas numéricas», señala. Vuelven a diferir en el tema de los tachones. «Cuando te levantas, te aseas y te vistes bien. Esto es lo mismo, la letra y una buena presentación determina tu imagen, y es algo que está al alcance de la mayoría mejorar. Es valorar la pulcritud», indica Ana Pravia. Como en todo, aquí también hay opiniones y parece que, de momento, toca amoldarse al profesor. ¡Qué remedio!

Fuente: La Voz de Galicia