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«Temo que mi hija no sepa qué es ordeñar, no manejar un ratón»

Pablo Alonso tiene un negocio dedicado a la informática y una hija de ocho años. Esther Aradas estudió magisterio y sus pequeñas han cumplido los nueve y los siete años. Irene Medín es especialista en contenidos en redes sociales y su pareja, Eduardo Vázquez, trabaja haciendo páginas web. Le acaban de dar un hermanito a su pequeña de cinco años, Nora. Ninguno de estos padres vive al margen del mundo tecnológico. Programan, postean, tuitean y posicionan contenidos en la nube. Pero, antes de eso, fueron a un cole en el que moldeaban figuras de plastilina y el patio del recreo era el espacio más querido. «Las escuelas me vendían como un plus el estar en el programa Abalar donde los portátiles sustituyen a los libros. Eso es justo lo que no busco», dice contundente Pablo. «No quiero que los metan en una cápsula. Están rodeados de sobreestímulos tecnológicos, ¿para qué prolongarlos en el aula?», añade su amiga Esther.

Defienden que el sistema educativo rompa con la dictadura de las pantallas. «Estamos tirando por los suelos los estudios en pedagogía. Se habla de los 12 años como la edad a la que alcanzan una cierta madurez. Tiene que ver con la motricidad y plasticidad del cerebro. Es ahí cuando los portátiles deben pasar a ser un instrumento más en su enseñanza», opina esta madre formada como maestra. «Temo que mi hija no sepa qué es ordeñar o trepar a un árbol, no utilizar un ratón. Eso ya lo hace, es la sociedad en la que vive», se justifica Pablo. «Los padres de pantalla puede que seamos los más restrictivos», confiesa Eduardo. A excepción de Nora, que va a una escuela infantil concertada, el resto tienen a sus hijos en la pública. Esther llevó a las suyas a un jardín de infancia Waldorf.

«En otros países de Europa es la enseñanza pública la que asume unas clases más creativas, más desconectadas de ordenadores y tabletas», demanda Irene. Aplican en casa lo que demandan al sistema educativo. «Con cinco años Nora ya sabe que el móvil no es un juguete», asegura. Son conscientes de que es complicado romper con la idea establecida de «cuanto más y antes, mejor».

«Hay una sobreexposición al móvil desde edades tempranas»

La irrupción de las nuevas tecnologías en la enseñanza ha obligado a pedagogos y psicólogos infantiles a integrar una nueva herramienta y a enfrentarse, al mismo tiempo, a un dilema en expansión. «La tecnología no es mala ni buena. No se debe usar como distractor, sino con fines de aprendizaje. Justo lo que muchos padres no hacen», considera Nuria Mariño. Es partidaria de gestionar su uso para evitar «dependencia». Tanto en el cole como en casa. «Hay una sobreexposición al móvil, la televisión y las tabletas desde edades cada vez más tempranas». Da unas claves: «Aconsejo evitar las pantallas en bebés y niños menores de dos años. Es mejor que interactúen socialmente y luego dejarlos emplear la tecnología de una forma gradual. Deberían utilizar estos medios durante una hora como mucho al día a partir de los tres años. Dos horas después de los seis. Siempre con contenidos de calidad, bien cuidados, que proporcionen una enseñanza, y supervisados». Lo contrario, el uso excesivo de estos dispositivos, «puede producir un menor rendimiento académico, dificultades en el desarrollo del lenguaje, déficit de atención o problemas de sueño, entre otros».

«A los niños les hurtan el poder relacionarse con su entorno»

La pedagogía Waldorf cumple 100 años de vida con más de mil centros en el mundo, 74 de ellos en España. Una enseñanza homologada por el Ministerio de Educación que abarca desde infantil a bachillerato y que se imparte en exclusiva en centros concertados o privados. En Galicia solo hay uno, en Friol. «A los niños les hurtan el poder relacionarse con su entorno, con los amigos, la naturaleza», opina Antonio Malagón, presidente de la asociación que agrupa a los centros en España y Portugal. «Tenemos pizarras con tizas de colores, priorizamos los contenidos científicos, pero también los artísticos, desarrollamos la inteligencia que tiene que ver con las habilidades, hacen proyectos con las manos. Hasta cultivan en la huerta», destaca.

Un sistema que aparca los móviles y tabletas en el aula hasta los 12 años. «Para esa edad ya han desarrollado una personalidad y unas capacidades que les permiten dominar, no ser dominados», añade. «La tecnología es muy cambiante. Lo que ahora impera no va a tener nada que ver con lo que saldrá dentro de tres años. Tienen que estar preparados para enfrentarse al mundo real, no al virtual que ven en las pantallas», concluye.

Ni móviles ni WhatsApp en las escuelas de Silicon Valley

Son los gurús que están detrás de los dispositivos, redes sociales y aplicaciones que utilizamos. Unos visionarios que viven por y para la tecnología pero que, curiosamente, quieren mantenerla alejada de sus hijos cuando son pequeños. Que directivos y trabajadores de Silicon Valley matriculen a sus pequeños en escuelas del método Waldorf no es una novedad para estos padres. «Vamos a crear una generación de niños Google. Se pierden fuera del buscador», lamenta Pablo. «Hay que pasar un proceso de desarrollo. No aterrizar en la pantalla. Que entiendan por qué existe», considera Esther. «Mira que empezamos tarde con la informática y estamos con ella todo el rato», dice Eduardo. Programa desde los 12. «Nora me dijo: ‘Mamá, deja el móvil’. Mi hija me ha enseñado a desengancharme», revela Irene, que incide: «Si me pasa a mí, ¿cómo serán de mayores los bebés que aprenden a pasar pantalla antes que a cambiar de página? ¿Cómo los va a entretener un libro?», se pregunta. «Esa dependencia los hace pasivos, el movimiento exterior queda paralizado», opina Esther. «Sé que me odiará cuando sus amigos presuman de smartphone», admite Irene. «Para innovar hay que ser creativo, curioso, despierto. Eso lo saben bien en Silicon Valley», razona Pablo.

Fuente: La Voz de Galicia