El mito del criticoma: por qué la tecnología no ha inventado la plasticidad cerebral
El entorno científico actual debate con entusiasmo el concepto de criticoma. Los investigadores definen este término como el conjunto de periodos críticos —desde la gestación hasta los 25 años— donde la plasticidad neuronal alcanza su punto máximo. Durante esta ventana biológica, el cerebro es altamente influenciable. Los estímulos sensoriales, los patrones físicos de movimiento, las relaciones sociales, el contexto socioeconómico y la influencia cultural moldean permanentemente la estructura cerebral y la personalidad del individuo. Las experiencias tempranas resultan cruciales porque la mente permite que cada persona se desarrolle singularmente a través de las vivencias que le infiere su entorno, la educación o su predisposición genética.
Sin embargo, tras el envoltorio moderno del criticoma, la realidad es que el concepto carece de novedad intrínseca. La única aportación original de los investigadores contemporáneos ha sido aplicar este viejo fenómeno al desarrollo infantil frente a las pantallas digitales. La idea de que la mente es moldeable en los primeros años de vida pertenece a la historia clásica de la ciencia y la filosofía. Ya en la antigua Roma, el pedagogo Quintiliano afirmaba que el aprendizaje da forma a las personas.
Siglos más tarde, el Nobel Santiago Ramón y Cajal acuñó una verdad hoy universal: “El hombre, si se lo propone, puede ser escultor de su propio cerebro”. Incluso el célebre psicólogo conductista B.F. Skinner desafió al mundo asegurando que, si le daban una docena de niños sanos y un entorno específico, podría entrenar a cualquiera al azar para convertirlo en cualquier especialista —médico, abogado o delincuente—, independientemente de su talento o raza. La historia ofrece ejemplos hasta el aburrimiento.
La verdadera urgencia no radica en el término, sino en los riesgos de la exposición prematura a dispositivos digitales. Recuperando otra célebre frase de Skinner: “El auténtico problema no es si las máquinas piensan, sino si lo hacen los hombres”. Si permitimos que los dispositivos nos conduzcan sin poner límites, perderemos la capacidad de pensar por nosotros mismos. Un niño frente a una pantalla consume estímulos que no comprende por falta de experiencias previas en el mundo real. Al visionar dibujos animados violentos, asumirá que esa es la realidad y se comportará con violencia al interactuar con otros menores.
La tecnología ofrece múltiples oportunidades, pero solo si sabemos conducir lo que hacemos con ella. Nadie entrega las llaves de un coche a un menor de edad porque carece de la madurez para prever las consecuencias de sus actos y porque no conoce las normas de circulación. Con los dispositivos digitales ocurre lo mismo: un menor no debería usar libremente las tecnologías de la información hasta los 16 años. El aprendizaje y la responsabilidad deben ir de la mano.
En los últimos años, la excesiva permisividad ha provocado graves crisis de acoso escolar, difusión de material inapropiado y una alarmante procrastinación potenciada por el uso de la Inteligencia Artificial para evitar el esfuerzo intelectual.
Afortunadamente, escuelas, familias y administraciones están empezando a regular y establecer normativas para frenar estas malas prácticas. La lección fundamental del criticoma es clara: todo lo que no se pueda controlar desde la parte humana generará consecuencias imprevisibles y desestructurantes. Estamos a tiempo de recuperar el terreno perdido, pero el esfuerzo social será titánico.

José Manuel Suárez Sandomingo
Presidente de la Asociación Profesional de Pedagogos e Psicopedagogos de Galicia


