Aulas o barracones: la ingeniería invisible frente a la negligencia política
Recientemente, ha aumentado la exigencia social respecto a las condiciones bioclimáticas en los centros escolares de diversas comunidades autónomas. Las temperaturas extremas registradas durante el periodo estival han generado, como cada año, situaciones insostenibles en las aulas, comprometiendo gravemente el bienestar del alumnado y del personal docente.
Cuando los alumnos cruzan los umbrales de sus aulas, no piensan en los planos arquitectónicos ni en los códigos legales impresos en los boletines oficiales. Sin embargo, su capacidad para mantener la concentración durante las siguientes horas dependerá, en gran medida, de una ingeniería invisible que trabaja —o debería trabajar— en silencio para protegerlos.
Al sentarse en sus pupitres, el espacio exterior se diluye. Las paredes que los rodean están diseñadas bajo el estricto amparo del Código Técnico de la Edificación (CTE). El bullicio del patio y el tráfico de la avenida exterior se espera que se reduzca a un vago susurro; el documento de protección frente al ruido obliga a que los muros ofrezcan un aislamiento acústico de al menos 50 dBA. Dentro, las voces de sus profesores deben fluir limpias, sin ecos molestos, porque los materiales absorbentes del techo limitan el tiempo de reverberación a menos de 0,7 segundos. Así pues, no habrá interferencias: la palabra se convierte en su centro de atención.
A medida que avanza la mañana, el aire del aula deberá permanecer fresco y ligero. En un espacio cerrado con unas decenas de alumnos, lo natural sería el cansancio y el embotamiento. Sin embargo, si tal como dicta la exigencia de salubridad para un aire de buena calidad (IDA 2), un sistema mecánico introducirá silenciosamente 12,5 litros de aire exterior por segundo y persona. De este modo, sin que nadie lo note, la pesadez desaparecerá y la mente se mantendrá despejada.
El confort térmico se siente en la piel. Dentro de un aula no debe haber ni invierno ni verano, sino una primavera constante. El Real Decreto 486/1997 sobre seguridad en el trabajo ampara tanto a los docentes como a los alumnos, fijando un rango innegociable de entre 17 °C y 27 °C para tareas sedentarias. La humedad relativa se deberá mantener en torno a un saludable 45%, lo que evitará la sequedad de sus gargantas. Los radiadores, la climatización y el aislamiento perimetral del edificio deben trabajar en perfecta sintonía para mantener este equilibrio, impidiendo que el frío o el calor quiebren el ritmo de las lecciones.
Físicamente, el espacio acompaña al movimiento. El aula ideal dispone de 50 metros cuadrados diáfanos y tres metros de altura hasta el techo. Este es espacio suficiente para estirar las piernas, para trabajar en grupo y para que los docentes caminen entre los pupitres. Cada alumno cuenta con su propia parcela de libertad para aprender sin sentirse apretado. Al terminar el día, si todo lo anterior se produce, los alumnos abandonarán el centro con la energía intacta porque las leyes de edificación y salud laboral habrán cumplido su cometido. Y, entonces, el aula no será solo un contenedor de cemento, sino un organismo vivo y equilibrado que blinda su bienestar.
Pero esta realidad idílica de las leyes choca frontalmente con la precariedad de las aulas reales de muchos lugares de nuestra geografía, donde los alumnos son sometidos a estancias que no son aulas edificadas al respecto, sino cajones de obra o simples barracones. En estos espacios, la incomodidad manifiesta se acrecienta cuando las temperaturas veraniegas superan con mucho las máximas establecidas para su confort estudiantil, transformando el derecho a la educación en un ejercicio de supervivencia física.
Pero lo más ignominioso de todo esto, por encima del insufrible calor, es que muchos mandatarios, en lugar de ponerse a trabajar para que esta infamia no siga demorándose, adopten posiciones de vergüenza ante las quejas de toda la comunidad educativa. Es una dolorosa paradoja que ellos se encuentren resguardados en unos despachos con las condiciones psicoambientales óptimas que les niegan a los estudiantes; a esa población de la que se les llena la boca cuando hablan de ella como el futuro de la sociedad. Mal futuro les espera a sus sociedades cuando esos futuros miembros no puedan ejercer en los puestos que les correspondería por las negligencias de sus gobernantes.

José Manuel Suárez Sandomingo
Presidente de la Asociación Profesional de Pedagogos y Psicopedagogos de Galicia


