El aula sin muros: ¿Quién educa realmente a nuestros hijos?
El día en que salieron las notas del informe PISA 2025, la respuesta del Gobierno gallego fue inmediata: un nuevo plan de choque para reforzar la lectura y las matemáticas. Esa misma semana, en un piso cualquiera de nuestras ciudades, un padre asistía con resignación a un taller municipal sobre cómo limitar el tiempo de pantalla de su hija de doce años. Mientras tanto, en su habitación, la niña aprendía en diez segundos de algoritmo lo que en clase tardaban un mes en explicarle. A pocos kilómetros de allí, al terminar la jornada, una profesora de secundaria se quedaba en el aula vacía corrigiendo exámenes y preguntándose en qué momento su trabajo había pasado de enseñar literatura a gestionar la ansiedad, el acoso digital y la falta de conciliación de treinta familias.
Todo el mundo intentaba apagar un fuego, pero cada uno soplaba en una dirección diferente.
Aceptamos sin pestañear que para educar a un niño hoy hace falta una alianza entre la escuela, la familia, los servicios sociales y una maraña de redes digitales que operan sin descanso. Sin embargo, cuando las cosas fallan, miramos invariablemente hacia el mismo sitio: la puerta del colegio. Seguimos actuando como si el aprendizaje ocurriera únicamente entre cuatro paredes, bajo la luz de un fluorescente y frente a una pizarra, ignorando que los muros del aula saltaron por los aires hace tiempo.
Así lo sugirió ya Marshall McLuhan en aquel convulso año de la revolución estudiantil de Mayo del 68, en su obra El aula sin muros. McLuhan advertía que la escuela debía abrirse a la sociedad y abandonar los contenidos rígidos que, más pronto que tarde, la realidad terminaría sobrepasando. Del mismo modo, planteaba que la sociedad debe dejar de ver a la escuela como el único lugar donde se aprende, para entenderla como un sistema que interacciona de forma constante con la familia y con todos los grupos sociales para ayudar a socializar la vida.
Si esto no ocurre, la escena cotidiana seguirá repitiéndose. Aquella tarde, la profesora cerrará la puerta de su clase sabiendo que mañana tendrá que volver a ser docente, psicóloga, mediadora y policía tecnológica. En su casa, el padre apagará el wifi con la sensación amarga de no llegar a nada. Y en la pantalla del teléfono, la notificación de una nueva red social prometerá educar a la niña en todo lo que los adultos aún no saben cómo explicar.
Hemos construido un sistema fragmentado en el que todos educan a la vez, pero nadie lo hace conjuntamente. Y mientras la Administración sigue diseñando planes de estudio para un mundo que ya no existe, la gran pregunta continúa flotando en el aire: si la vida de nuestros hijos ocurre ahí fuera, ¿por qué insistimos en encerrar la educación dentro de la escuela?

José Manuel Suárez Sandomingo
Presidente de la Asociación Profesional de Pedagogos e Psicopedagogos de Galicia


