Cuando somos padres y madres autoritarios
Uno de los aspectos estudiados al hablar de estilo educativo es la autoridad y la manera que aplicamos esta en el entorno familiar. El modo en que la ejercemos está muy relacionado con la manera en que nos enfrentamos a los problemas y tomamos decisiones habitualmente. En el caso de la educación de nuestros hijos, esta manera de actuar se pone en relación con el carácter y el temperamento de ellos y da como resultado diferentes formas de comportamiento. Por ello una parte importante de su conducta, no toda, depende del estilo educativo de los padres. En este caso el estilo autoritario sería aquel que pretende ejercer un control inflexible sobre los hijos mediante la afirmación del poder por parte del adulto. Creen que los niños deben obedecer por obligación, y no pueden plantear ninguna objeción. Suelen pedirles que hagan las cosas en el momento y de la manera que ellos consideran adecuada, sin tener en cuenta ni las circunstancias ni las necesidades del pequeño. No reconocen el esfuerzo de los hijos por cumplir con lo que ellos le exigen, por lo que es posible que provoquen en él mismo y en el niño una gran sensación de frustración. Son además personas muy críticas hacía ellos mismos y hacia los demás, especialmente hacia las personas más próximas. Estos padres desconocen completamente cuáles son las fases evolutivas del desarrollo del niño, cuáles son sus posibilidades reales de aprendizaje en cada momento, que necesidades surgen en el proceso y como responder a ellas, cuál es la importancia de ponerle límites y que función tienen estos. Sólo perciben la educación del hijo desde sus carencias y deseos, desde el qué dirán, el reconocimiento social como padres, y las muchas ideas erróneas que sobre educación impregnan nuestra sociedad.
¿Qué hacen estos padres cotidianamente?
Estos padres, o un gran número de padres en algún momento, consideran que con decirles a los niños lo que deben hacer es suficiente para que aprendan y la obligación de los niños es hacerlo bien, rápido y siempre. Repiten con demasiada frecuencia la palabra obedecer. Están siempre más pendientes de los errores que cometen los hijos que de sus éxitos, son muy insistentes remarcando los fracasos, señalando lo que deben corregir y exigiéndoles con excesiva firmeza lo que deben hacer. Consideran que el castigo es la única manera de aprender a hacer bien las cosas, con lo que cada vez estos son más severos. Además suelen ser arbitrarios e improcedentes, poco relacionados con el error cometido y con plazos muy largos. Hay, incluso, un uso frecuente de la amenaza previa, como fórmula para frenar la conducta inadecuada. Escuchan poco a los hijos, no preguntan, no saben cómo ponerse a su nivel para mantener una conversación. No se preocupan por enseñarle el cómo se resuelve un problema, o cómo se aprende a hacer una tarea, o cuál el valor del error en el aprendizaje, o cómo se toman decisiones o se resuelven problemas. Como no se cuenta con las capacidades y habilidades del niño, sólo con lo que el adulto desea que suceda, la relación familiar suele estar llena de conflictos y de momentos muy estresantes, carente de situaciones afectuosas y emotivas.
Consecuencias
Los niños educados mayormente bajo este estilo educativo suelen desarrollar un autoconcepto pobre y una autoestima negativa, ya que pocas veces ven destacadas en ellos sus buenas habilidades, aptitudes, actitudes y conductas adecuadas. Suelen además ser niños inseguros y muy exigentes con ellos mismos. Sólo se sienten bien si realizan la tarea a la perfección, el hecho de ejecutarla de forma mediocre les produce malestar, por lo que a veces renuncian incluso a comenzarla, o se manifiestan nerviosos o desafiantes. Les cuesta mucho organizarse y planificarse, necesitando la guía de un adulto principalmente por el miedo a equivocarse.
Cuando este estilo educativo es muy rígido puede provocar que el niño oculte información, que esconda determinadas conductas, desde un suspenso, a la pérdida o rotura de un objeto, o al incumplimiento de alguna instrucción. Nos encontramos bajo este estilo a niños muy sumisos y dependientes o niños muy rebeldes. Les cuesta desarrollar un código moral propio, ya que lo que hacen continuamente es pensar en cómo han de evitar el castigo o la sanción. Generalmente se manifiestan como niños poco alegres y espontáneos, con muy poca iniciativa por temor a equivocarse y ser sancionados. Presentan niveles altos de ansiedad y estrés, pudiendo manifestar por ello quejas psicosomáticas e incluso fobias.

Dolores Armas
Lic. en Psicopedagogía
Fuente: Carriola


