Educación frente a prohibición: el debate sobre redes sociales y salud mental en menores
La Asamblea Nacional de Francia debate con urgencia un proyecto de ley que pretende prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de 15 años y vetar el uso de teléfonos móviles en los institutos. La medida, que podría entrar en vigor el próximo curso, convertiría al país en el segundo en adoptar una restricción de este tipo tras Australia. Ambos gobiernos justifican su postura en informes que alertan del impacto psicológico negativo que la sobreexposición digital tiene en niños y adolescentes. Sin embargo, la solución no pasa por la prohibición, sino por la educación.
Las personas no nacen con conocimientos innatos y toda cultura se transmite mediante la educación. Siguiendo a Durkheim, educar es un hecho social: la acción de las generaciones adultas sobre quienes aún no están maduras para la vida social. En el ámbito digital, nos enfrentamos a un fenómeno nuevo tanto para adultos como para jóvenes, lo que obliga a todos a aprender, regular y acompañar. No basta con limitar; hay que enseñar a usar.
Los efectos psicológicos de la sobreexposición temprana a pantallas son cada vez más visibles. El entorno digital favorece un pensamiento rápido, fragmentado y reactivo, lo que reduce el tiempo necesario para entrenar habilidades esenciales como la comprensión lectora, la concentración, la memoria de trabajo o el pensamiento abstracto. Esta brecha cognitiva se agrava en hogares con menos capital cultural, donde la escuela es su principal espacio para desarrollar estas capacidades. La digitalización precoz debilita las bases cognitivas de los niños y jóvenes y disminuye su rendimiento incluso cuando se introducen dispositivos con intención pedagógica.
A ello se suman los efectos emocionales. La espera de la validación inmediata —un “like”, un comentario— activa un estado de alerta constante que agota el sistema nervioso y puede traducirse en irritabilidad o respuestas desproporcionadas ante adultos y compañeros. La autoestima también se resiente: la comparación continua con imágenes idealizadas o irreales erosiona el autoconcepto de los jóvenes, que sienten que siempre les falta algo para ser felices o suficientes. Así, lo que nació como una herramienta de comunicación termina convirtiéndose en una fuente de agotamiento emocional.
En este contexto, la escuela adquiere un papel decisivo. En España se están ensayando modelos que buscan un equilibrio entre tecnología y desarrollo cognitivo. La futura Lei de Educación Dixital gallega consolida este enfoque: en Infantil y hasta 4º de Primaria no habrá uso individual de dispositivos; se priorizarán la lectura en papel, la escritura manual, la psicomotricidad fina y el trabajo manipulativo; la tecnología aparecerá solo como recurso colectivo y siempre guiado por el docente. A partir de 5º de Primaria, los dispositivos se incorporarán de forma gradual y como apoyo, nunca como sustituto.
Por todo ello, la prohibición legal, por sí sola, no es eficaz. Hay que diseñar un código de convivencia digital comparable al código de circulación, un sistema de señales que permita a cada persona saber qué puede hacer en cada momento sin destruir las carreteras por las que transcurre nuestra vida conectada. La nueva ley española de protección de menores en entornos digitales avanza en esa dirección, permitiendo controles parentales obligatorios, sanciones más severas para delitos digitales, penalización de las deepfakes vejatorias y la formación específica para alumnos y docentes.
Todas estas medidas y muchas otras buscan recuperar herramientas esenciales que nunca debieron relegarse. Se trata, en definitiva, de garantizar que los menores crezcan en un entorno digital seguro, equilibrado y pedagógicamente sensato.

José Manuel Suaárez Sandomingo
Presidente de la Asociación Profesional de Pedagogos y Psicopedagogos de Galicia


