LA IMPORTANCIA DE EDUCAR LA AUTOESTIMA
Uno de los rasgos más característicos de la persona, es sin duda su capacidad de pensar y razonar lo que, unido a sus relaciones interpersonales, va construyendo su propia identidad y configurando una autoestima o imagen de sí mismo en cuanto al grado de satisfacción o aceptación de sus aspectos antropológicos y psicológicos.
La autoestima se va formando en las distintas etapas evolutivas, a través del tiempo y de las vivencias, teniendo unas más significación que otras, dependiendo del momento y de la intensidad de las mismas, pero siempre, las experiencias positivas o negativas que se viven, sobre todo en la infancia, por la carga emocional que conllevan, van a condicionar el desarrollo posterior y la etapa adulta. En la etapa infantil, con las experiencias propias de la infancia, la percepción que el niño va adquiriendo de sí mismo, en base a la suma de juicios, íntimamente relacionados con datos objetivos, con experiencias vitales, con expectativas y con las relaciones interpersonales, va a ser un fuerte condicionante de su autoestima y consecuentemente de su personalidad.
Si la confianza que el niño tiene en sí mismo está estrechamente relacionada con la consideración, valoración y críticas que recibe de quienes le rodean, es evidente que los padres y profesores, como pilares fundamentales en su formación, deben asumir un rol muy activo en el desarrollo de una autoestima positiva, tomando conciencia de los efectos emocionales que pueden producir determinadas actitudes, tales como la aprobación, el rechazo, la confianza, las tensiones, etc. Cuando un niño percibe que las personas que le rodean son afectivas, acogedoras y valorativas, va construyendo una autoestima fuerte, comportándose de forma agradable, responsable y con mayor rendimiento escolar.
Pero tan importante como potenciar la autoestima positiva es cuidar de no fomentar la negativa a través de la excesiva crítica y descalificación, con unos efectos demoledores a través del establecimiento de normas y reglas inflexibles, haciéndole sentirse agobiados en la búsqueda de un perfeccionismo que resulte utópico para su edad y que sólo existe en la ficción. Estas actitudes de padres y profesores, frecuentemente generan una sensación de inseguridad y rebeldía en el niño.
Las exigencias del adulto hacia el niño que, por falta de maduración y de capacidad, no está preparado para realizar y la baja tolerancia, pueden llegar a producir situaciones de fracaso, que generen sensaciones de inseguridad, de incapacidad, de frustración y de bajo rendimiento escolar.
Múltiples estudios han demostrado la existencia de una estrecha relación entre la autoestima y el rendimiento escolar (Reasoner, 1982; Gorostegui, 1992; Saffie, 1992). Así, niños con una autoestima positiva, confían en sus capacidades y se sienten autoeficaces y valiosos. Por el contrario, niños con autoestima débil, deforman su imagen personal e infravaloran sus posibilidades, llegando a una hostilidad íntima y a un deterioro de sus relaciones con los demás.
El conocimiento que el niño tiene de sí mismo, con sus limitaciones y potencialidades, es el eje de giro para su propia aceptación, por eso es importante que conozca bien y experimente sus cualidades y valores, lo que es capaz de hacer a corto, medio y largo plazo. Las metas que va alcanzando serán una fuente inagotable de energía y de motivación que van a generar una satisfacción personal y un orgullo ante sus logros, con una repercusión muy positiva en su autoestima.
Branden (1981) sostiene que la autoestima presenta dos componentes básicos: el sentimiento de autoeficacia y el sentimiento de ser valioso que podría unificarse en el concepto de autovaloración, enmarcando en este concepto emociones, afectos, valores, conductas, capacidades, etc.
Asumir la trascendencia de la autoestima en la formación y perfeccionamiento del individuo es un presupuesto determinante para su desarrollo ya que una autoestima positiva supone aceptarse a sí mismo, no con resignación, sino con empeño en mejorar y en superarse en todo aquello que sea potencialmente mejorable, evitando al mismo tiempo la autoestima negativa, productora de un malestar crónico que genera estados depresivos constantes, motivados por el autorechazo y el autocastigo emocional a que se puede ver sometido y que deteriorara incluso las relaciones con los demás.
Además de la infravaloración, sentimiento más sobresaliente en una autoestima débil, otra patología muy frecuente es la tendencia a considerarse superiores a los demás, recreándose en una imagen parcial o deformada de uno mismo, que suele generar racismo, clasismo, fanfarronería y pedantería.
Asimismo, se considera autoestima patológica la obsesión por lo que dirán los demás, viviendo pendientes únicamente de lo que los padres, jefes, profesores o amigos, opinarán y centrando el modo de proceder y los actos en un intento desmesurado por complacer a todos, ignorando el propio bienestar emocional o físico de uno mismo.
José-Vicente Bonet, en su libro Sé amigo de ti mismo, señala algunos de los síntomas de una autoestima baja:
Autocrítica rigorista, proporcionadora de un estado habitual de insatisfacción, emparejado a una autocrítica destructiva.
Hipersensibilidad a la crítica, que hace sentirse a quien la padece fácilmente atacado/a, convirtiéndose en un resentimiento duradero.
Indecisión crónica, que origina un miedo exagerado a equivocarse o a “no ser capaz”.
Deseo excesivo de complacer, no atreviéndose a decir “no”, por temor a desagradar y perder la benevolencia de los demás.
Culpabilidad neurótica, condenando acciones y conductas que no siempre son malas, exagerando la magnitud de los errores, y produciendo un lamento constante sobre el modo de actuar.
Hostilidad flotante, irritabilidad a flor de piel, que hace estallar fácilmente por causas, muchas veces insignificantes.
Ante alguna de estas sintomatologías que describe Bonet, un padre o un educador, debe situarse en posición de alarma ya que puede estar ante un riesgo de generación de baja autoestima que, si no se atiende precozmente, se corre el riesgo de que se convierta en irreversible.
Para evitar situaciones de riesgo en el deterioro de la autoestima, es necesario que padres y profesores maximicemos el aprovechamiento de las ocasiones que se nos presentan día a día para estimular a los niños en pequeños logros,
ayudándole a conocerse y aceptarse, a buscar situaciones en las que sean capaces de, a través de un esfuerzo razonable, llegar al éxito con un sentimiento de eficacia a través de sus posibilidades, destacando más sus aspectos positivos que los negativos. Si les ayudamos a superarse, estaremos favoreciendo la autoestima positiva, lo que les ayudará a enfrentarse a la vida con mayor seguridad y confianza.
Aunque cada niño y cada situación son diferentes y por tanto requieren un tratamiento específico, se puede hablar de unas estrategias básicas de procedimiento que ayudan a desarrollar la autoestima positiva, siendo una de las más efectivas el reconocimiento y explicitación por parte de los adultos de lo que ha hecho correctamente y con éxito o darle una nueva oportunidad cuando no ha cumplido lo que de él se esperaba, haciendo especial hincapié en su capacidad para alcanzar los logros propuestos.
Para ello es necesario generar un clima emocional cálido en la convivencia diaria, mostrando siempre confianza en sus posibilidades, capacidades y habilidades para enfrentarse a los problemas y resolverlos, con unas metas que puedan ser alcanzables, con un esfuerzo razonable y evaluando los logros con criterios a nivel de los niños y no de los adultos.
En definitiva, la autoestima es uno de los pilares fundamentales para una buena salud psicológica porque una persona con una autoestima positiva se sentirá segura y confiará en sus propios recursos, lo que le servirá también para triunfar ante sus propósitos y metas. Por el contrario, una persona con autoestima negativa sentirá miedo al fracaso y será vulnerable y frágil ante los desafíos de la vida.

José Carlos Otero López
Licenciado en Pedagogía


