La Educación Social en el sistema escolar: de la vigilancia al acompañamiento e integración social
Hace unos días, saltó a los medios de comunicación la polémica que se ha suscitado en Cataluña respecto a la propuesta de incorporar patrullas policiales para vigilar los centros educativos más conflictivos. Este episodio me trasladó inevitablemente a mediados de los ochenta, cuando ingresé por primera vez en un centro de menores. Aquel lugar estaba regido por celadores cuya máxima aspiración era evitar fugas y mantener a los jóvenes bajo la constante amenaza del castigo.
Desde entonces, el modelo ha evolucionado. Los celadores dieron paso al personal educativo —maestros, pedagogos y psicólogos— en un tiempo en el que la Educación Social aún no existía como grado universitario. Gracias a ese cambio, aquellos centros de reforma se transformaron en entidades de integración social. Se entendió que esos menores no necesitaban muros, sino herramientas para normalizar sus vidas y convertirse en adultos capaces de convivir en sociedad.
Hoy, la complejidad de nuestra sociedad se proyecta como un espejo en las aulas. Los retos ya no son puramente académicos; la realidad emocional y familiar del alumnado demanda una respuesta que la escuela tradicional no puede ofrecer por sí sola. En este escenario, la figura del educador y la educadora social se erige como el puente necesario entre el aula, la familia y el entorno.
Este modelo no es una utopía; es una realidad consolidada en comunidades como Andalucía, Extremadura o Castilla-La Mancha. En estos territorios, los educadores sociales forman parte activa de las plantillas, especialmente en Secundaria, donde la adolescencia multiplica los desafíos, aunque su labor es igualmente vital en Primaria cuando el contexto sociofamiliar es vulnerable.
La incorporación de la Educación Social no solo responde a una necesidad pedagógica, sino también legal. La propia LOE establece principios que encajan de forma natural con las funciones de estos profesionales. Ante los conflictos de convivencia en Secundaria, no basta con transmitir conocimientos; es imperativo trabajar actitudes y valores para formar ciudadanos responsables.
Además, para que la educación sea de calidad, debe ser compensadora. El educador social identifica a los jóvenes en riesgo por motivos económicos o familiares e interviene desde un espacio normalizado como es la escuela. Asimismo, actúa como el eslabón perdido en el binomio familia-escuela, logrando que los padres se involucren en un sistema del que a menudo se sienten desconectados.
Otro valor diferencial es el trabajo en red. El educador social permite que el centro deje de ser una isla, conectándolo con los recursos del entorno (instituciones, asociaciones, servicios laborales) y creando una comunidad de apoyo sólida.
En pleno siglo XXI, no podemos pretender que los docentes asuman todas las funciones educativas y sociales. La escuela actual requiere equipos multidisciplinares donde los educadores sean miembros de pleno derecho. Es la única vía para abordar la complejidad de las relaciones humanas y, de este modo, garantizar una formación integral.
En definitiva, las y los educadores sociales no vienen a sustituir a nadie, sino a sumar. Su visión específica permite que el sistema educativo no solo enseñe, sino que realmente eduque y proteja. Sustituir este acompañamiento por una presencia policial es un retroceso: convierte los centros en espacios de control donde el alumnado, como ocurría en los antiguos reformatorios, deja de ser educado para pasar a ser, simplemente, vigilado y fiscalizado.

José Manuel Suárez Sandomingo
Presidente de la Asociación Profesional de Pedagogos e Psicopedagogos de Galicia


